Trabajo el barro desde hace unos años, después de una vida dedicada al dibujo y a la pintura, y el torno me ha enseñado una medida del tiempo que el papel no conocía, hecha de espera entre un gesto y el siguiente, de masa que cede y de masa que se resiste. Una taza, que en la mesa parece un objeto simple, guarda ese aprendizaje en el grosor de la pared, en la curva del asa, en la manera en que la luz resbala por el esmalte.
El proceso no se acelera por decisión, porque cada fase pide que la anterior haya terminado, y porque el material, que al principio parece dócil bajo las manos mojadas, impone después sus pausas, su secado, su primera quema, su enfriamiento. Quien ha seguido ese ciclo una vez entiende por qué dos piezas, aunque salgan del mismo kilo de gres, nunca quedan del todo iguales.
Centrar y levantar la pared
Todo empieza con el amasado, que saca el aire atrapado, y con el centrado, que es llevar la pella al eje del plato mediante presión pareja, con los codos apoyados y la espalda quieta. Cuando la masa gira centrada, se abre con los pulgares y se levanta entre la mano de adentro y la mano de afuera, en pasadas delgadas que adelgazan sin desgarrar, mientras el agua, que al principio ayuda, después ablanda en exceso si se insiste.
En esa hora el cuerpo sostiene el ritmo del pedal y del giro, con los hombros bajos y la respiración acompasada, y por eso en el taller la conversación, mientras el barro reposa tapado con plástico, suele irse hacia lo que permite seguir centrando después de varias series, hacia las pausas, el agua, la comida a sus horas. En esa sobremesa aparecen desde el té hasta los dietary supplements, que algunos compañeros incluyen en su rutina, sin que el barro pida otra cosa que constancia y manos descansadas.
Lo que se practica cada semana en los talleres de torno es precisamente esa repetición, centrar una vez más, abrir una vez más, porque la memoria del gesto vive en la mano y no en la explicación. El torno no perdona la prisa, que se lee de inmediato en una pared de grosor disparejo, en un borde que vibra, en una base que queda gruesa y retiene humedad.
El secado que no se ve
Fuera del torno empieza el tiempo más largo y menos visible, el del secado lento a la sombra, con las piezas cubiertas para que el agua salga pareja y la forma no se tuerza. El punto de dureza de cuero, cuando la pieza ya sostiene su volumen y todavía admite el recorte, llega sin avisar y dura poco, y en ese intervalo se tornea la base, se afina el pie, se firma con punzón.
Esa lentitud, que desespera a quien espera estrenar la vajilla, es parte de lo que distingue a la cerámica de autor, que no separa la forma del tiempo que tomó llegar a ella. El barro, que parecía terminado al salir del torno, sigue moviéndose mientras seca, encoge, aclara su color, pide penumbra y aire quieto, lejos de corrientes que marcarían una grieta en el asa o en la unión del pie.
Esmalte y fuego
Después de la primera quema, que deja el bizcocho poroso y sonoro, viene el esmaltado, que en mi trabajo es una decisión de color semejante a la de los fondos en la pintura, aunque aquí el color final lo decide el fuego. El esmalte se prepara, se cuela, se prueba en tablillas, se aplica por inmersión o por pincel, con atención al grosor, porque una capa dispareja deja una gota, una transparencia involuntaria.
La segunda quema cierra el ciclo y abre otro periodo de espera, el del enfriamiento dentro del horno, que no se abre tibio por respeto a la tensión del material. Al descargar, la luz del taller hace su parte, muestra el volumen, la masa, la línea del perfil, y también los accidentes que el fuego dejó, un punto de hierro que afloró, una variación del mate al brillo.
Quienes han seguido la obra de Emilia Entebi reconocerán en ese paso el mismo cuidado que en las series sobre papel, donde un dibujo de figura humana, trabajado en lápiz sobre papel algodón, se deja reposar antes de decidir si pertenece a Cuerpos deconstruidos o a Geometría. En cerámica ese reposo es literal, y la ficha, con medidas, fecha, tipo de pasta y esmalte, acompaña a la pieza como acompaña a un dibujo, porque sin ese registro la serie se dispersa.
