Las series no aparecen terminadas, con su nombre y su número de piezas, sino que se van asentando por acumulación, por el trabajo que vuelve cada mañana al mismo papel y a la misma mesa, hasta que un conjunto de dibujos empieza a pedir una cercanía que antes no tenía. Lo que más tarde se presenta como Cuerpos deconstruidos, como Geometría o como Violines comenzó así, sin declaración previa, con la insistencia de la línea sobre el papel algodón y con la luz del taller que cambia de hora en hora y obliga a mirar de nuevo. Con los años he aprendido a respetar ese tiempo previo, que no es duda sino materia en formación, y a no interrumpirlo con decisiones tempranas.
Dibujar antes de pensar
Entro al taller temprano, cuando la luz todavía es fría y la penumbra de los rincones deja ver el volumen de las cosas sin dureza, y preparo lápices, gomas, papeles de algodón de distinto grano, porque cada soporte responde de manera distinta a la presión de la mano. Dibujo figura durante horas, a veces del natural, a veces de memoria, y dejo que la masa del cuerpo aparezca por manchas antes que por contorno, que la línea llegue después, cuando ya existe una presencia que sostener. De Eduardo Cohen aprendí la exigencia de la construcción, de Roberto Cortázar la libertad para desarmarla, y entre esas dos herencias se mueve mi trabajo, entre medir y soltar, entre la geometría que ordena y el gesto que interrumpe.
Guardo casi todo, incluso lo que en el momento parece fallido, porque una serie se entiende en el archivo, en la sucesión de hojas fechadas donde se ve cómo una postura se repite, cómo un torso se va quedando sin rostro, cómo un trazo que era descripción se vuelve estructura. Parte de ese recorrido quedó reunido como dibujo de figura humana, donde la figura ya no se presenta completa sino atravesada por cortes, por planos que la desplazan y por vacíos que pesan tanto como la masa dibujada. Mirar esas hojas juntas permite entender que dibujar cada día no es producir, sino mantener abierta una conversación con la forma.
El cuerpo que dibuja y el cuerpo dibujado
Dibujar figura durante años deja una conciencia muy concreta del propio cuerpo, de la espalda que sostiene la postura ante el caballete, de la muñeca que se cansa, de la vista que necesita distancia y descanso. Con el tiempo he ordenado mis días alrededor de esa necesidad, con horarios estables, con caminatas, con pausas para comer sin prisa y con un sueño cuidado, porque la mano responde de manera distinta cuando el cuerpo está descansado y la atención puede detenerse en la penumbra de un modelado sin ansiedad. Fuera del taller, esa misma preocupación por la constancia aparece nombrada como hábitos saludables diarios, con otro vocabulario y otras finalidades, como en esta Master Class, donde la rutina se piensa desde la alimentación y el descanso. En el taller la rutina tiene un sentido más estrecho, que es sostener la mirada y sostener el trazo.
Hay días en que el dibujo no avanza y, sin embargo, la jornada sirve, porque se preparó papel, se ordenó el archivo, se volvió a mirar una serie antigua y se encontró una línea que había quedado interrumpida. La disciplina, tal como la entiendo, no es rigidez sino permanencia, estar presente aunque la mano esté lenta, aceptar que la materia del dibujo tiene tiempos que no coinciden con la voluntad. El lápiz sobre papel algodón lo enseña con claridad, ya que no admite correcciones bruscas y obliga a construir el volumen por capas, por superposiciones de grafito que van oscureciendo la masa hasta que la luz del papel queda reservada donde debe quedar.
El torno y la repetición
Desde hace unos años, esa misma repetición se prolonga en la cerámica, donde el torno impone una atención distinta, más ligada al peso, al agua y a la velocidad. Centrar la pella, abrir, subir las paredes sin que se adelgacen, requiere una calma que el dibujo también pide, pero con una respuesta inmediata de la materia, que se ladea o se colapsa si la presión no es pareja. Lo que en el dibujo es línea, aquí es grosor, y lo que allá era penumbra, aquí es esmalte que se acumula o se retira. La cerámica de autor que sale de ese proceso conserva las marcas de esa negociación, el ritmo de las manos y las pequeñas variaciones que deja el torno en cada pieza.
En los talleres de torno vuelvo a ver lo que el dibujo ya me había enseñado, que la repetición no es monotonía sino forma de aprendizaje, que cien cilindros parecidos preparan la mano para una forma que todavía no existe. El barro, como el papel, guarda memoria, y si se fuerza, guarda la tensión y la devuelve en la quema, con grietas o deformaciones. Por eso el tiempo de espera forma parte del trabajo, dejar secar, dejar reposar, mirar al día siguiente con ojos descansados, del mismo modo que un dibujo se deja pegado al muro durante semanas antes de decidir si pertenece a una serie o si debe quedar como estudio.
Al final, lo que sostiene una serie, sea en papel o en barro, es esa permanencia, la vuelta diaria al mismo problema de luz, volumen y masa hasta que la forma encuentra su lugar. No hay en ello ningún misterio, sino oficio acumulado, archivo, paciencia ante la materia y respeto por los tiempos que cada técnica impone.
